Por Sergio Aguayo, Reforma, 24 de febrero, 2010
Arropados por un Presidente en apuros, los militares desahogan su enojo con quienes defienden los derechos humanos. Se equivocan en el diagnóstico y en la receta. Existen formas más útiles y productivas de reencauzar las fricciones. El movimiento de los derechos humanos no es su adversario. Acepto que es tan incómodo como una nube de mosquitos jején pero, a diferencia de los piquetes de las aladas bestezuelas, las y los defensores prestan un servicio invaluable al recordar que existe, en el papel al menos, un Estado de derecho.
Para leer el texto completo pulse aquí
|